por Gene Callahan
(The Most Crucial Gap in Politics)
Imagínese dentro de una sala atestada de hombres, cada uno de ellos ansioso por argüir su posición en lo concerniente al tema del maltrato a las esposas. Algunos de los asistentes defienden el derecho a maltratar a sus mujeres siempre que les hayan molestado. Otros consideran que esa postura es demasiado severa y afirman que sus esposas sólo deben ser maltratadas en ocasiones más importantes, tales como, por ejemplo, las relacionadas con la economía doméstica. Por último una tercera facción sostiene que el abuso conyugal sólo esta justificado en los casos más cruciales y solamente de no encontrarse medios menos drásticos para garantizar el resultado deseado: por ejemplo, cuando su esposa no contribuye tanto como uno cree que debería a la seguridad familiar.
Sin embargo, usted encuentra tales acontecimientos totalmente aberrantes, ya que considera que el maltrato a cualquier persona es inmoral, aun si fuera la única manera de alcanzar un fin deseable e importante. Usted cree que la violencia contra el prójimo sólo está justificada como autodefensa y solamente en la intensidad necesaria para detener al agresor.
Imagine su asombro si los miembros del grupo que aboga por el abuso contra las mujeres solamente en circunstancias extremas le declaran que son sus aliados naturales, proclamando que la diferencia entre su posición y la de ellos no tiene mucha importancia comparada con la gran brecha que separa a los abusadores mínimos de los que están más entusiasmados con la práctica.
Usted, discrepando, diría que lo que tienen en común los "pequeños" agresores con el resto de la asamblea es la voluntad de maltratar a su esposa si es que con ello obtienen el fin que han determinado como valioso, y que esto tiene mayor trascendencia que el hecho de que la cantidad de palizas descargadas sobre sus mujeres por estos "pequeños" agresores (digamos, unas cinco al año) esté más cerca a su total ideal (cero) comparado con el resto de los agresores (que le darían una paliza diaria).
La situación descrita anteriormente es análoga a la que me encuentro cuando, por ejemplo, estoy en una conferencia y oigo a un liberal minarquista afirmando que la diferencia entre el minarquismo y la anarquía está separada por una estrecha barrera que es casi indetectable si es que se mira desde una perspectiva global que tenga en cuenta el amplio abanico de las actuales posiciones políticas. Dice, por ejemplo: "Cuando reduzcamos las responsabilidades del estado a tan solo proveer defensa y protección de la vida y la propiedad, nosotros los minarquistas y Ustedes los anarquistas tendremos bastante tiempo para poder discutir la posibilidad de deshacer el estado completamente."
Aunque estoy perfectamente dispuesto a cooperar con cualquier persona que comparta un objetivo político conmigo, creo que el concepto señalado, que los minarquistas y los anarquistas son prácticamente indistinguibles fuera de un pequeño e irrelevante desacuerdo, es profundamente erróneo. De hecho, en cuanto traigo a colación la cuestión política más importante, la brecha entre los minarquistas y los anarquistas es gigantesca, mientras que la separación entre los minarquistas y, por ejemplo, los estalinistas, es relativamente pequeña: Los anarquistas rechazan la noción de que está permitido emplear la violencia contra alguien que no ha cometido un acto de agresión, independientemente de cuánto se desee que esa persona inocente coopere con sus fines o cuán importantes sean. Los minarquistas, empero, defienden el derecho a iniciar la agresión bajo cualquier circunstancia donde ellos decidan que el uso de la coacción es realmente útil. La diferencia entre minarquistas y totalitarios es sólo de grado: el totalitario considera bastantes más fines políticos de tal importancia como para ser obtenidos mediante la violencia contra individuos pacíficos que los que reconocerían los liberales partidarios del estado mínimo. El socialista argumentaría que proveer a cada ciudadano con cuidado médico gratis es tan valioso que requiere que se use el omnímodo poder del estado para forzar la cooperación hacia ese fin, mientras que el minarquista no reconoce ningún fin fuera de la provisión de defensa contra agresores no-estatales o de un estado extranjero, y estará dispuesto a usar la violencia para que apoyen ese fin.
Sin embargo, los dos están de acuerdo en que, si uno de los fines se considera suficientemente útil y valorado, entonces es aceptable la iniciación de la violencia contra aquellos ciudadanos que no compartan voluntariamente esa idea, y también contra los que la valoren simplemente menos que uno mismo. (Que esto último es verdad puede vislumbrarse considerando que aunque dos personas estén de acuerdo en que el estado deba mantener un ejército para la defensa de una posible invasión, pueden diferir sobre cuánta riqueza dedicar a tal empresa. El que apoya mayores gastos militares debe estar dispuesto a emplear la fuerza contra el otro simplemente para convencerle de que aumente su contribución más allá del nivel que elegiría libremente, libre de cualquier amenaza.)
Nada de lo que he dicho previamente implica que un minarquista, o cualquier persona que apoye la existencia del Estado sea necesariamente una mala persona. Es más, creo que la gran mayoría son probablemente personas decentes con ideas erróneas. De hecho, un anarquista puede ser en otro aspecto de su vida más miserable que un estatista, a pesar del hecho de que esté en lo correcto en el asunto atinente a la existencia del Estado.
Así pues, yo veo que la distinción entre anarquista y estatista es la más fundamental brecha política. Una vez que uno acepta la noción de que iniciar la agresión es aceptable bajo algunas circunstancias, queda abandonado el fundamento de la libertad humana y todo lo que nos queda es discutir qué grado de esclavitud es aceptable. Habiéndose aventurado en tal camino, los liberales minarquistas no deberían sorprenderse ante las dificultades que afrontan al intentar contener el constante crecimiento de su Estado Gendarme.
Traducido por Manuel Lora y Fernando Barrera


Tomemos como ejemplo las leyes sobre prestación de ayuda o buen samaritano. Las 3 posiciones en cuestión serían:
1)Un liberal puede encontrar represensible moralmente la negación de auxilio pero no considera que esto constituya delito.
2)Los de la segunda rama, aceptan que las condenas por negación de ayuda son una iniciación de la violencia y emprenden su defensa desde un punto de vista utilitarista.
3)Los de la primera rama consideran que la negación de ayuda constituye un delito.
Discutir el tema con la posición (2) es digamos, cuestión técnica, y puede degenerar en asuntos puntillosos sobre asociaciones posibles, ej. un grupo de amigos que salgan de cacería y firmen un contrato previo etc. Son susceptibles de aceptar el anarco-capitalismo cuando se logra convencerlos de de que el liberalismo no consiste en prohibirles hacer asociaciones de esta naturaleza.
Pero la posición (3) es otra cosa. Aquí tratamos con los contructivistas sociales. Son los que consideran un derecho el recibir un corazón en trasplante y hacerse una operación de cambio de sexo, que "los derechos" son evolutivos junto con la riqueza de la sociedad, que la competencia sólo existe cuando hay "muchos". Aquí no hay modo. Ni siquiera es posible llegar a acuerdos de lenguaje, tienen su propio idioma.
Puedo tener, por otro lado conciencia de que sí que tengo todo el derecho a defenderme. La defensa propia por mis propios medios es lícito y además estoy dispuesto informar a mis posibles enemigos a que en caso de que se use violencia contra mí y mis propiedades, los míos y sus propiedades, contestaré con toda la violencia que pueda desarrollar. Eso nos parece más lógico, ¿pero si mi capacidad es muy inferior a la de los atacantes?
Pensemos primero en que hay que definir quienes son los míos. Podemos pensar, los míos son mi familia o los que viven en mis tierras. Esto determina mi capacidad de autodefensa a lo grande de mi familia, a la organización y unidad de la misma, y a la capacidad económica que me permita o bien fabricar armas, comprarlas o comprar los servicios de aquellos profesionales que se dediquen a eso de la violencia bajo precio. Eso si, si encuentro los suficientes efectivos que estén dispuestos a combatir por mí a un precio que pueda pagar.
Pero hemos de supones que esos que están dispuestos a iniciar la violencia no van a ir en contra sólo de unos sino en contra de varios. Esos varios no forman parte de mi familia ni están en mis tierras. Además su potencial de desarrollar violencia es suficientemente grande como para enfrentarse a varios a la vez. Si yo sólo acepto usar la violencia para defenderme yo sólo pasaría de los daños infligidos a mis vecinos y me defendería sólo dentro de los límites de lo mío.
Puedo, eso sí, aliarme con esos otros vecinos, pero cada uno aportaría lo que tuviera y la distinta capacidad económica y la disponibilidad de efectivos marcaría una diferencia en los intereses, puesto que básicamente todos intentamos defender primero lo nuestro. Igualmente habría una diferencia en la organización puesto que el mando de las tropas que se enfrenten al enemigo lo tiene que detentar alguien. ¿cómo hacerlo?
Pero básicamente, ¿por qué hacerlo si llegando a acuerdos con el atacante podemos salvaguardar parte de lo nuestro?
Pero quizás ocurre que lo nuestro es una forma de vida en la cual no hay ni jefes ni superestructuras que nos puedan obligar a nada, sino que sólo nos movemos por el acuerdo. Ante la amenaza de violencia, el acuerdo estaría sometido a esa violencia, viciado. Y lo más probable es que esa amenaza de violencia dé como resultado el sometimiento de unos a cambio de defender sus vidas y propiedades pero pagando por ello una impuesto.
No sé si me explico.
¿Cómo o defender un mundo anarcocapitalista de la agresión de aquellos que organizadamente pueden atacarlo eliminando la existencia misma de ese mundo Anarco?